1865Fábrica Textil Bellavista Oveja Tomé

A mediados del siglo XIX la fábrica Bellavista Oveja Tomé se convirtió en una de las principales exponentes del desarrollo industrial textil del país. Ubicada en el sector Bellavista de la ciudad de Tomé, rodeada del estero Bellavista, a pasos del borde costero, esta imponente estructura de aproximadamente de 19.200 m2 se convirtió en un símbolo de la ciudad y en una parte integral de la vida de los tomecinos.

La fábrica fue puesta en marcha en 1865 por Guillermo Gibson Délano quién decidió abandonar la producción de trigo, una industria ya en decadencia y altamente competitiva en la zona, para incursionar en las emergentes hilanderías y telares de la industria textil[1]. Utilizando su antigua propiedad, del Molino Bellavista, el norteamericano Délano instaló nuevas máquinas en el edificio, dividiéndolo en secciones destinadas a las salas de tejido, tintorería, cuarto de máquinas, talleres de carpintería y mecánica.

Si bien existían producciones de textiles artesanales en años anteriores, aproximadamente 80 mil en la zona central, el salto a la fase de industrialización de este ramo se da con la creación de fábricas especializadas en las principales ciudades del país[2]. Entre estas, “la fábrica”, como los tomecinos llamaban a Bellavista Oveja Tomé, contribuyó al desarrollo temprano de la industria y a la economía nacional. Se destacó por la incorporación de nuevas tecnologías y por la elaboración de productos distintos a los sacos agrícolas que mayoritariamente eran confeccionados por las otras fábricas. Paños finos, lanas, franelas, colchas y mantas fueron algunos de los productos estrella, elaborados con materia prima proveniente de Magallanes.

Para 1872, la fábrica alcanzó una producción textil diaria de 1.200 metros, cuyo número fue posible por la adquisición de nuevas maquinarias, como una turbina de 50 caballos de fuerza, impulsada por el canal de agua que rodeaba el edificio. Esto permitió perfeccionar procesos como el lavado y secado, que inicialmente se realizaba a orillas del río. Además, lograron una nómina de 137 empleados, en su mayoría mujeres (62%), quienes recibían un salario un 40% inferior al de los hombres. También contaban con 25 técnicos de origen estadounidense encargados de poner en marcha las maquinarias, ya que los obreros provenientes de labores agrícolas no estaban completamente familiarizados con su funcionamiento[3]. Sin embargo, aunque la fábrica parecía ser la mejor decisión económica que había tomado Délano prontamente presentó grandes dificultades económicas que hicieron que tomara la decisión de venderla en 1879 a Augusto Kaiser por 36.000 pesos, un precio muy por debajo de su valor real.

Curiosamente, el 14 de febrero, solo siete días después de la venta de la fábrica, inicia la Guerra del Pacífico (1879-1884), lo que paradójicamente potenció la visibilidad y producción de Bellavista Oveja Tomé, ya que recibió el encargo del presidente Aníbal Pinto (1825-1884) de confeccionar los uniformes de los soldados[4]. Con este hito la fábrica enfrentó un nuevo impulso económico que inició un ciclo de ascenso para la industria, el que se tradujo en mayor empleo para las familias de Tomé y de las comunidades cercanas que migraron a la zona.   

La fábrica Bellavista Oveja Tomé también desempeñó un papel fundamental en la identidad cultural de los tomecinos y en el sentido de pertenencia de los trabajadores. Estos consideraban un privilegio pertenecer a la industria, y este sentimiento se transmitía de generación en generación, estableciendo un fuerte vínculo entre telas, lanas e industria. La fábrica ocupó un rol importante en la cultura de la comunidad, regulando la interacción entre los trabajadores y permeando las dinámicas de socialización dentro y fuera de las instalaciones. Bajo los principios del paternalismo industrial, política empresarial que buscó incidir en las condiciones de vida de los trabajadores y de su grupo familiar con el objeto de garantizar condiciones pacíficas y adecuadas de trabajo y de crecimiento fabril, la empresa desarrolló programas donde se promovió el bienestar familiar y el fomento del orden, la higiene, la educación y la cultura de los trabajadores, lo que se estipuló, como en otras industrias, en el reglamento interno de los obreros. En este contexto los trabajadores obtuvieron beneficios sociales, disfrutaron de centros deportivos y escuelas nocturnas, y estrecharon sus vínculos con la empresa[5].

Durante la primera mitad del siglo XX Bellavista Oveja Tomé estuvo en manos de Carlos Werner Richter, reconocido como el gran impulsor de la fábrica. Su éxito se vio reflejado en el aumento de sus empleados, los que alcanzaron la cifra de 700 para 1934, el crecimiento de su producción y la consagración internacional como un producto de buena calidad, lo que permitió que la mayoría de los textiles se exportaran a países de América Latina y Europa. El apoyo depositado por el Estado durante el periodo de crecimiento de la industria nacional también se sitió en esta zona, lo que brindó mayor solidez y estabilidad a la empresa.

Sin embargo, aunque muchos trabajadores se mostraron satisfechos con el trabajo textil, con sus remuneración y las condiciones de su trabajo asalariado, existieron en esta fábrica problemas y tensiones relacionadas con condiciones precarias que afectaban a los trabajadores. En 1948 se constituyó el Sindicato de Empleados, que se unía a la ola de sindicatos que emergieron en las industrias de Tomé y que movilizó las huelgas y la ocupación de la fábrica en 1967, hasta pasar a administración del Estado en 1970[6]. Durante este período se estableció el “Pacto textil de mayor producción”[7], el cual buscó un mayor compromiso por parte de los trabajadores para incrementar la producción. En los años siguientes se propuso la conformación de la Cooperativa de trabajo Fábrica de Paños Bellavista Tomé.

A lo largo de sus más de 150 años de historia, la fábrica textil ha enfrentado numerosas situaciones y desafíos que dan cuenta de los contrastes de la historia fabril nacional. Debido a su importancia histórica, el 30 de octubre de 2017, mediante el decreto N° 0166, el edificio fue declarado monumento nacional en la categoría de monumento histórico, con el fin de proteger y conservar este emblemático edificio ubicado en el reconocido barrio obrero de la ciudad[8].


[1] Armando Cartes Montory, Fábrica de Paños de Bellavista, Espacio y Tiempo (1865-1970), Concepción, Ediciones Universidad San Sebastián, 2012, pp. 23-50.

[2] Ibidem.

[3] Rolando Saavedra Villegas, Visión histórica y geográfica de Tomé, Concepción, Ediciones Perpelén, 2006, p. 71.

[4] Magdalena Saldaña, Coser y ¿Cantar? La quiebra de 2007 en la voz de los trabajadores, Concepción, Ediciones Universidad San Sebastián, 2012, p. 113-132.

[5] Oliver Fariña Albornoz y Rosa Sepúlveda Saravia, Familia industrial: sus transformaciones por efectos del proceso de desindustrialización. El caso de la fábrica de paños Bellavista-Tomé, TS Cuadernos de Trabajo Social N°21, p. 92 y Violeta Montero Barriga, Tejido Social de Tomé. Historias de la fábrica, Concepción, Ediciones Universidad San Sebastián, 2012, p. 136.

[6] Rodrigo Luppi San Martín, Con el alma en un hilo. Los difíciles años: 1970–2011, Concepción, Ediciones Universidad San Sebastián, 2012, p. 54.

[7] Idem.